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Domingo, 5 de abril de 2026
Opinión

La IA: ¿nuestro último invento?.

Reflexión sobre la Inteligencia Artificial y sus repercusiones.

Publicado el 19/01/2026 02:20   |   Por: MB (4º ESO)

“Nada grande acontece en la vida de los mortales sin una maldición”. Según Sófocles, dramaturgo griego de la Antigüedad, todo cambio desencadena consecuencias, proporcionales a la magnitud de este. A pesar de que ha llovido bastante desde entonces, en la actualidad aún se cumple su sentencia; basta con examinar lo que tenemos entre manos, un invento tan revolucionario que podría ser el último que desarrollemos: la inteligencia artificial.

A lo largo de la historia se ha propuesto en numerosas ocasiones la idea de un ente capaz de generar información a partir del conocimiento existente y de imitar el comportamiento humano, el cual durante los últimos años ha abandonado el plano ficticio y se ha materializado en forma de asistentes o chatbots como ChatGPT, Gemini o Microsoft Copilot. La IA progresa a pasos agigantados, y se comporta como la hipotética expansión del universo —que establece una proporcionalidad directa entre el distanciamiento entre galaxias y la velocidad a la que se alejan unas de otras—, es decir, a medida que avanza, la rapidez de su desarrollo incrementa. Todas las posibilidades que nos brinda hace poco no suponían más que una utopía sacada de una película de ciencia ficción.

Desde mi perspectiva de estudiante de ESO, durante mi estancia en las aulas he sido testigo del uso indebido de la inteligencia artificial, ya que algunos compañeros delegaban en ella cualquier tarea que requiriese un mínimo de creatividad, además de como recurso para la búsqueda de información, en cuyo caso reconozco que hasta hace un par de años la tenía como alternativa a un buscador por facilitarme los trabajos de investigación. Pensémoslo, ¿quién se dedicaría a leer artículos, ensayos o cualquier tipo de documento toda una tarde y contrastar las distintas fuentes si dispone de una herramienta que hace todo eso y le proporciona exactamente lo que desea en cuestión de segundos? En una época dominada por la inmediatez y la falta de paciencia donde la cultura del esfuerzo brilla por su ausencia, no miramos más allá de nuestras narices.

Desgraciadamente, nos centramos demasiado en el presente; aunque, después de todo, es nuestra naturaleza: preferimos la gratificación instantánea antes que recoger los frutos de un trabajo tedioso y aburrido a largo plazo. Sin embargo, hay que enseñarle a nuestro cerebro que no puede pretender conseguir lo que desea en el momento; hay que educarlo, hay que enseñarle a esperar, pero, claro, resulta complicado cuando a muchos niños no se les inculcan estos valores en casa.

El sector del alumnado que “hace” los deberes con ChatGPT no es consciente de lo desproporcionados que son los perjuicios en comparación con los beneficios, y, probablemente, sufrirá un golpe muy duro si desea cursar bachillerato, donde la síntesis de textos es una habilidad que se da por sentada y se afina aún más para la subsiguiente selectividad. Podrán pensar que incluso en ese caso se pueden salir con la suya; mas a lo mejor no se ha detenido a barajar las posibles (si no probables) medidas que el profesorado adoptará para evitar el fraude, como concretar que ciertas tareas deban ser realizadas exclusivamente durante las horas de clase, sin ningún otro documento sobre la mesa para asegurarse de que no han anotado nada previamente para luego copiar. No siempre les será posible hacer trampas, pero no parece preocuparles en exceso, porque prefieren obtener calificaciones altas sin esfuerzo que conseguir las mismas u otras inferiores honestamente. Quizá sean las consecuencias de un sistema en el que un número sobre el papel se valora más que el verdadero aprendizaje, que la obtención de conocimientos para ser adultos competentes el día de mañana, ya sea por parte del Ministerio, del centro educativo o de sus respectivos padres o tutores legales. E imagino que este auge de la inteligencia artificial frustra especialmente a los docentes, que acaban corrigiendo y evaluando a un chatbot en lugar de a sus propios estudiantes.


En definitiva, las instituciones educativas deberían solventar los problemas que acarrea el abuso de este recurso instruyendo tanto a los jóvenes como a los profesionales para utilizarlo adecuadamente, como un instrumento más. Existen aplicaciones, tales como Google NotebookLM o Quizlet, a las que se les puede sacar partido para estudiar con flashcards y cuestionarios, de modo que, en lugar de invertir toda una tarde en elaborarlos, pueden abarcarse más contenidos en un mismo día. Aunque en principio parezca que mis afirmaciones se contradicen, en realidad estoy hablando del ahorro de tiempo en dos contextos distintos: no apruebo que en lugar de redactar el texto expositivo que te ha mandado la profesora de lengua se lo pidas a una IA, pero estoy abierta a emplear páginas web y aplicaciones que me quiten algo de peso de los hombros a la hora de estudiar o repasar, pues resultan extremadamente útiles.

Por otro lado, en el mundo de las redes sociales, tales como TikTok, Instagram, X o Facebook, la política ha descubierto que, en estos espacios públicos en los que desde un primer momento se consiguió engañar a los usuarios con las famosas fake news, existe la posibilidad de incrementar la desinformación desmesuradamente. Los últimos meses se han detectado “noticias” creadas con inteligencia artificial, telediarios hiperrealistas que a los ojos de muchos son indistinguibles de los reales. Pensándolo dos veces, nos daremos cuenta de que este invento podría suponer (si no lo supone ya) un arma política y propagandística a escala global que podría desencadenar conflictos —tanto nacionales, como presenció España en la Guerra Civil (1936-1939), al radicalizarse el espectro político y sus respectivas ideologías; como internacionales—.

Asimismo, el progreso de la IA generativa en la creación de imágenes ha llegado al arte, donde la línea que separa lo ilustrado por una persona y lo hecho por inteligencia artificial cada vez es más delgada. Hemos llegado a un punto que hace unos años resultaría ridículo (porque, de hecho, lo es), en el que a veces se identifica un dibujo como fraude cuando en realidad es obra del artista que lo ha publicado, quien, probablemente, se sentirá gravemente ofendido por los comentarios que recibe. ¿Cuántas horas habrá invertido en plasmar sus ideas sobre el papel (o la pantalla, en caso de los artistas digitales)? ¿Cuánto esfuerzo habrá dedicado a obtener la destreza que posee? No lo sabemos, pero está claro que no lo ha logrado de la noche a la mañana, no ha agitado una varita mágica para que aparezca de la nada, no le ha enviado un prompt con todo lujo de detalles a ChatGPT. El artista lo sabe perfectamente; sin embargo, no recibe el reconocimiento que merece ni puede compartir su pasión y entusiasmo a mundo porque le acusan de valerse de aplicaciones como esa para tener algo que publicar en sus redes.

Esta herramienta, además de generar contenido visual, es capaz de imitar estilos de dibujo, como sucedió hace unos meses con el del genio detrás de Studio Ghibli —un estudio de animación japonés de renombre—, Hayao Miyazaki. Resulta que la gente comenzó a enviar fotografías personales a una IA para que las transformase en ilustraciones al estilo del director. Contra todo pronóstico, este robo no pudo ser condenado, pues había una brecha legal que impedía sancionar la imitación de estilos si estos pertenecían a un colectivo, y no a un solo artista. Recordemos que Miyazaki, aunque se dedique en cuerpo y alma a sus metrajes, no trabaja solo. De hecho, a esta moda se le conocía como “Ghibli trend” precisamente por eso, porque, a pesar de que él es uno de los fundadores del estudio, su forma de dibujar la emplean todos sus trabajadores. De este modo, el uso indiscriminado de la inteligencia artificial ofendió a uno de los mayores cineastas del país nipón, a su plantilla y a toda una comunidad de fans.

Y, por si fuera poco, también se ha implicado en la psicología humana, no siempre con malas intenciones, pero con potenciales amenazas para la inteligencia emocional y las relaciones interpersonales. En una noticia de la sección de salud mental de EL PAÍS, titulada “El uso de ChatGPT como psicólogo crece, pero tiene sus riesgos: refuerza el egocentrismo y las ideas paranoides” leí una noticia que confirmaba los rumores que había oído en Instagram: en lugar de acudir a un profesional —en los casos necesarios— o charlar con alguien de confianza, muchos prefieren entablar una conversación con ChatGPT para abrirse y aliviar sus preocupaciones. En ella se exploraban las posibles razones que les impulsan a preferir la terapia con IA, entre las que destacaban la falta de psicólogos en atención primaria y el elevado coste de las citas, la inmediatez, la vergüenza a mostrarse vulnerables, y la falta de educación emocional y de información sobre cómo abordar y gestionar los problemas del día a día. Además, se exponían los principales riesgos de esta práctica, como la falta privacidad y la protección de datos, que pueden ser almacenados (y, quién sabe, utilizados con otros fines) o el distanciamiento social que sufrimos hoy en día y que, poco a poco, se va agravando.

Recientemente me han salido anuncios —para mí, muy perturbadores y desconcertantes— de “compañeros/as” de IA que pueden adoptar la forma y el comportamiento que desees, como un esclavo a tu merced. Y tampoco olvidemos a aquellos que invierten horas y horas a chatear con c.ai, que brinda al usuario la posibilidad de comunicarse con sus personajes ficticios favoritos, gracias su excelente imitación de la personalidad de estos. Preferimos sumergirnos en una fantasía que experimentar la vida real tal y como es. Algunos se preguntarán “¿Y qué hay de malo en ello?”. Pues bien, la respuesta es simple, pero tajante: a quienes manipulan los hilos de la sociedad les conviene tenernos distraídos para poder actuar libremente, sin oposición. Un pueblo entretenido no se levantará contra la autoridad, no se esforzará por cambiar nada. Como dijo una vez un profesor mío de Geografía e Historia, “En España, mientras haya cerveza y fútbol, los políticos podrán hacer lo que les plazca”.

Parece que la IA, aun habiendo nacido para “facilitarnos la vida”, está encaminada a inutilizar y reemplazar al ser humano en diversos campos. El temor del pasado a la pérdida de empleos por la sustitución de la mano de obra —más costosa y menos eficaz— por robots hoy en día es una realidad protagonizada por la inteligencia artificial. Sin embargo, es una herramienta creada por el ser humano; es decir, si aplicamos la lógica, en sí no supone una amenaza. Sus efectos radican en la aplicación que se le dé. Pongamos un ejemplo para comprenderlo mejor: un cuchillo, ¿es peligroso? La respuesta es que sí, si decides apuñalar a alguien con él, pero no si lo utilizas para pelar una manzana o cortar una cebolla en juliana.

Creo firmemente que, antes de recibirla con los brazos abiertos, deberíamos mostrarnos más escépticos y procurar utilizarla con moderación, sin olvidar que hasta ahora hemos sido capaces de vivir sin depender de la inteligencia artificial.

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